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SOMOS COMO CONDUCIMOS

Al subirse al coche las personas se transforman. Debido al estrés, emergen algunos aspectos hasta entonces desconocidos del carácter. Aun así, controlarse es posible | La prisa, el tráfico y tener prioridad alteran la forma de conducir | El anonimato da rienda suelta a los instintos primarios | El coche se percibe como propiedad privada y se defiende como tal

Dos vecinos coinciden en el ascensor de su finca. Cuando llegan a la planta baja, las puertas se abren. “Salga usted primero”, dice uno. “No, faltaría más: después de usted”, contesta el otro. La escena dura unos segundos hasta que finalmente uno de los dos cede el paso en nombre de la buena educación. Pero una vez en el aparcamiento, el clima cambia. Tras subirse al coche, los vehículos de los dos vecinos llegan a la salida del garaje prácticamente al mismo tiempo. Esta vez, a diferencia de lo ocurrido antes, cada uno hará lo posible para no dejarse superar y pasar primero por debajo de la valla. La carretera acaba imponiendo su ley.

Es un caso de escuela, relatado por un experto en conducción segura, para explicar con esta paradoja un hecho evidente: el conducir influye en nuestra personalidad y puede llegar, como Doctor Jeckyll y MisterHyde, a cambiarnos por completo. Personas que en la vida diaria son pacíficas llegan a perder el control de los nervios cuando cogen el volante. Mientras en su vida profesional y familiar mantienen comportamientos irreprochables, no dudan en proferir insultos cuando transitan por las calles de la ciudad. “Incluso las personas relajadas pueden transformarse en determinadas situaciones si no están preparadas. Está demostrado que al cabo de una hora de conducción nuestro temperamento más auténtico sale a flote”, sostiene Albert Alumà, responsable de conducción segura del Reial Automòbil de Catalunya (RACC).

Existen muchas explicaciones. Aunque desplazarse con el automóvil sea considerado rutina, un estudio de la unidad de investigación en seguridad vial de la Universidad de Valencia ha establecido que conducir implica más de 40 actividades básicas, que a su vez se descomponen en más de 1.000 subactividades y que dan lugar a más de 50.000 acciones posibles, algunas susceptibles de crear bastante tensión y desgaste. Por lo tanto, coger el volante implica cierto esfuerzo. La bomba puede estallar de un momento a otro.

Existen tres situaciones que cambian notablemente nuestra actitud en la carretera, según una encuesta de Attitudes. La primera es la prisa. Seis de cada diez conductores modifican su estilo de conducir en estas circunstancias. En efecto, no es lo mismo si se coge el coche para ir a trabajar o si se conduce en el tiempo libre.

La segunda es la congestión del tráfico, que puede llevar incluso a un actitud violenta. “El atasco lo llevamos muy mal por naturaleza. Pensamos que si tenemos un vehículo no tenemos que pasar por eso. Esto nos produce frustración, y la agresividad es una respuesta a esta frustración”, dice Roberto Durán, experto en psicología del tráfico del Colegio de Psicólogos deMadrid. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando alguien nos adelanta y nos ponemos a competir con él, como si tuviéramos que dar rienda suelta a un instinto ancestral de supervivencia.

La tercera es llevar la prioridad en la circulación. Cuando esta se ve amenazada por otros conductores, uno se vuelve más agresivo para tutelar y proteger el derecho conquistado.

A estas tres circunstancias hay que añadir una serie de variables. Puede ser la morfología y el estado de la carretera (muchas curvas, tráfico dificultoso, vehículos que circulan a alta velocidad). O quién se tiene delante: el conductor manifestará una respuesta más o menos agresiva según la intencionalidad del comportamiento del otro y sus características. Hay estudios que confirman que se reacciona peor ante los jóvenes, los ancianos y si el coche es más antiguo.

El conductor antisocial por excelencia es un hombre de entre 18 y 35 años, sin estudios, que conduce vehículos de carga, víctima de algún accidente y que ha recibido múltiples multas por aparcar indebidamente. Pero no hay que engañarse: cualquier persona puede caer en un estado de crisis nerviosa y perder el control. De acuerdo con el estudio de Attitudes, tres de cada cuatro conductores españoles conducen en un estado de estrés.

Existen varios perfiles: el maleducado, el irresponsable, el irrespetuoso, el imprudente y el violento. Todos tienen un denominador común: el anonimato. “La coraza del coche te permite sacar lo peor de ti mismo”, advierte Alumà. ¿En qué sentido? “Cuando conducimos nos convertimos en un número, una matrícula. Dejas de ser padre de familia, marido. Nadie te reconoce. Nadie espera de ti, como en casa o en la oficina, que asumas ciertas actitudes”, explica Roberto Durán. Francisco Alonso, profesor de Seguridad Vial de la Universidad de Valencia y director de investigación de Attitudes, cree que “somos por naturaleza agresivos. Es la base fisiológica del ser humano. Pero socialmente hemos aprendido a reprimir ciertos impulsos. Digamos que fuera del ámbito de la conducción somos más controlados. Con el anonimato, en cambio, emergen los instintos”.

A veces la conducta antisocial no es fruto de un deseo de atacar, sino un acto de defensa propia. En efecto, el conductor tiene la tendencia a considerar el coche como un territorio íntimo y personal. Según una reciente encuesta de The Associated Press y AOL, cuatro de cada diez estadounidenses creen que su automóvil tiene una personalidad propia y el 20 % de ellos hasta le ponen un apodo a su vehículo. Es más: tres de cada diez entrevistados consideran que su coche tiene identidad sexual. Por ello, cualquier colisión o intromisión se aprecia como una violación de la propiedad privada. De esta forma, cualquier amenaza es considerada grave, con lo que las respuestas pueden ser desproporcionadas. Estas últimas se agravan debido a que existe, en la carretera, cierta sensación de impunidad ante las infracciones. Cuando conducimos, la huida siempre es posible, incluso después de un accidente.

¿Cómo recuperar el control? Hay que tener en cuenta que cuando se conduce es difícil explicarse con el otro. “Al estar encerrados en el vehículo, existe una falta de comunicación. Cuando hay un altercado mientras caminamos, con un gesto o una mirada se puede solucionar el problema, a menudo con la ayuda de códigos no verbales. Pero en el automóvil estas posibilidades son escasas: tenemos las luces, el claxon y poca cosa más. Es más: la otra persona lo puede malinterpretar”, señala Durán.

Por ello, es esencial modificar la estructura mental. “En los países nórdicos, en los cursos de formación se habla sobre la actitud que hay que tener ante la vida. Aquí es algo inviable porque la mayoría de los conductores cumplimos las normas por miedo a la multa y no por convicción”, recuerda Alumà. Para Francisco Alonso, “hay que potenciar la inteligencia emocional, que nos permite controlar y manejar las emociones.Hay que saber generar empatía, que es la capacidad de entender y ayudar a los demás”. En su opinión, puede ser útil desarrollar algunos hábitos que nos permitan pensar en cosas relajantes. “Como un atleta que se concentra antes de un salto, debemos saber metabolizar la situación sin someterse a ella”. Luis Alberto García, taxista de Barcelona desde 1989, reconoce: “Al principio, cuando empecé en esta profesión, la sangre se me calentaba. Entonces mis colegas me enseñaron un truco: bajaba del coche y le daba dos vueltas alrededor. La verdad es que ahora me lo tomo de otra manera.Y si veo que un cliente se pone nervioso por las prisas, le acompaño a una parada de metro”. García cree que no existe ninguna receta mágica: “A mí me gusta el trabajo que hago. Estoy a gusto y esto se refleja en el comportamiento. En la ciudad hay que entender que, por mucho que se lleve un coche rápido, no se va a llegar antes.Y tener conciencia de que el coche es una máquina de matar”.

Los psicólogos creen que una de las claves es adoptar la conciencia plena en la conducción. Por ejemplo, si alguien nos adelanta de forma temeraria, se trata de suspender las valoraciones o los juicios. El objetivo es que la mente no se meta en debates internos que a veces llevan a actos de venganza, piques o a relaciones impulsivas. Una actitud que será útil no sólo en el coche, sino en la vida.

Código de buena conducta
Con un poco de buenas prácticas es posible solucionar o en todo caso limitar el impacto psicológico sobre la conducción. Existen unos trucos sencillos para no añadir más leña al fuego: por ejemplo, para evitar que el atasco nos estrese, salir, si es posible, con antelación y planificar el viaje con tiempo.

Basta preguntarse: “¿Puedo salir en otro momento?” “¿Existe otro medio de transporte para llegar a mi destino?”. Cuando uno emprende un viaje largo, considerar el desplazamiento como parte de las vacaciones ayuda a aliviar las tensiones de un eventual atasco. La preparación psicológica en este sentido es esencial: saber de entrada que puede haber algún imprevisto hará que nos sintamos menos frustrados.

Para limitar las conductas agresivas puede ser útil compartir el trayecto con alguien. El riesgo de reacciones imprevistas es menor si se tiene a alguien con quien hablar o sentado atrás. Uno conducirá de forma más prudente y recuperará, de alguna forma, el antiguo papel que la sociedad le tiene asignado (por ejemplo, el de trabajador disciplinado o padre de familia respetuoso si viaja con su jefe o con su hijo).

Por supuesto, fumar, hablar con el manos libres por el móvil o dedicar tiempo a buscar una emisora son actividades legales (eso sí), pero que distraen y que pueden poner a prueba la capacidad de aguante nervioso si no se consigue cumplir estas tareas como se pretende.

En el terreno psicológico, aunque sea menos evidente, la fatiga es otro factor de riesgo. De cierta manera, es el reverso de la agresividad: el conductor conduce muy sobrado y con un exceso de confianza… hasta que al final se relaja demasiado. Según los casos, se pueden producir deterioros importantes. Ante un cansancio o la distracción, disminuye la vigilancia y aumenta la dificultad para mantener la atención. También se ralentiza la precisión en la ejecución de maniobras y hay mayor propensión al riesgo.

Por todo ello, no se debe conducir más de 8 horas en una jornada, ya que cada hora de más crece el riesgo de accidente. Es preciso descansar como mínimo cada dos-tres horas y cada 200-300 km.

Si se empieza a tener sueño, salir del coche, pasear y lavarse la cara para despejarse puede ser de gran ayuda. En todo caso, mejor no tomar alimentos pesados y conducir justo después de comer. Llevar el vehículo bien aireado (y evitar la acumulación de humo) puede mejorar la concentración. No hay que olvidar que hacer estiramientos beneficia a la circulación sanguínea y relaja.

Por supuesto, no hay que llevar ningún tipo de objeto encima que permita descargar la agresividad de forma inapropiada (un bate de béisbol, por ejemplo).

Fuente: www.lavanguardia.es

2016-12-16T23:22:25+00:00